Ponele que estoy caliente. Ponele.
Siento la caricia en mi espalda mientras sostengo el teléfono y me pierdo en una de esas llamadas inesperadas en momentos inoportunos. Soy breve -si te importa a que hora llego, es porque te importa a que hora llegar vos, salí tranquilo, divertite- creo que no le dije que lo amaba, no era el momento.
Me levanté para darle un beso al recién llegado; en el instante que mis labios tocan los suyos todo lo demás desaparece. Siempre pasa lo mismo cuando nos besamos, entramos en una burbuja en la que somos tan nosotros -o nuestros personajes- que nada más tiene sentido salvo el roce de las pieles.
Pensé cuan extraño era que esa sensación perdurase después de varios encuentros, incluso después de tener sexo un par de veces.
No me sale ser una "persona normal" al lado suyo.Me cuesta encontrar el punto medio, sino estoy en pose me comporto tan torpemente que me asombro ¡creo que hasta tartamudeo! Entonces me convierto la parodia de mi misma, donde me río y expongo a la persona y al personaje -sos más interesante que el personaje, tenés una persona detrás- dijo y me sentí orgullosa, como si no lo supiese de antes..
Pero cuando nos tocamos no soy ni me siento torpe o en desventaja, en ese momento todo es lo que debería ser y las piezas se acomodan solas de manera prolija.
Aunque la cara sea que no, cada encuentro lleva carga. Queremos que exista otro. Eso significa que la presión está presente -por ahora son sólo flores, hay que ver en qué momento se envían todas juntas para volverse corona-. La sensación es mutua. Por supuesto que no me alcanza con que diga que le gusto, es obvio eso. Le gusto hasta el día que deje de gustarle. Todas las relaciones funcionan así.
Ah no, cierto que para él existen grises. Deja que tres o cuatro flores se marchiten antes de entregar el ramo armado.
Pero no nos hace falta hablar de eso ¿a quién le importa cuando podemos seguir jugando?
¡Qué ganas nos tenemos!
Frío, mucho frío -pedí un café, te va a devolver el calor al cuerpo- ¿habrá funcionado el café? Creería que conmigo alcanzó.
No tuvimos tiempo de compartir nuestro último encuentro, ese momento de mirarnos en el techo para recuperar el aliento entre anécdotas y pensamientos al azar, hubo que salir corriendo. Pero las ganas no se quedaron en la cama desecha de una habitación vacía sino con nosotros, guardadas esperando encontrar el momento de escapar entre tanta cotidianidad.
Me sentí masoquista, disfrutando del nudo en el estómago por un encuentro fugaz en medio de un café del centro; una excusa barata para compartir un momento valioso.
Ahí estaba, besándolo fuerte para que su boca quede grabada en la mía, mirándolo a los ojos para recordarlo cuando mi mente lo necesitase a mano -¿qué imágenes tenés del viernes?- pregunté sabiendo que la respuesta iba a volver en forma de susurro al oído.
Entre suspiros y caricias nos contamos algunos de los cuadros presentes. No sé que nos dijimos, pero sí lo que recuerdo ahora:
Recostada en el espejo, él pegado a mí y su miembro entre mis piernas, frotando mientras alterno movimientos más suaves, fuertes, rítmicos, violentos y suaves otra vez mientras lo miro a los ojos.
De rodillas, con las piernas bien abiertas para que pueda lamerme y recorrer con su lengua de lado a lado para que sienta bien como entra, sale, cada vez más lengua, cada vez más adentro, hasta que llegan los dedos y los escalofríos se apoderan de mí tan profundo que no puedo más que doblarme a la mitad, dejarme caer y perder el dominio del cuerpo.
Sentada en el borde de la mesada con las piernas bien abiertas compartiéndome para que pueda comerme toda sin dejar de mirarle la cara de placer mientras lo hace.
Acuclillada entre sus piernas para que sacuda sus caderas hacia dentro de mi boca que no deja de ahogarse. Parar a buscar bocanadas de aire y arremeter con más fuerza mientras me empuja la cabeza desde la nuca.
Sentirlo dentro mío, sentada con las piernas enroscadas en él, mientras veo la gota de sudor recorrer su frente y la marca blanca salida de mí sobre su mejilla. Lamerle la humedad y compartirla en un beso.
Basta, porque me siento otra vez como ayer a la tarde, respirando agitada, mordiéndome los labios mientras nos susurrábamos los recuerdos al oído y el jean me estorbaba para tocarme ahí mismo, en esa mesita de bar con olor a café donde nadie nos miraba.
23 julio, 2009
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2 comentarios:
Que lindas es ese juego. Relatar ideas, pintar cuadros de lo que uno quiere hacerle al otro. Y contarlo, decirselo, en lugares donde la inmediatez para llevar acabo las ideas sea imposible. Que lindo es generarse mutuas ganas de estar en otro lugar, sabiendo que arribar ahí es perfectamente factible, incluso inexorable. Esa complicidad donde el juego es llevar al otro a ese limite de la excitación. Que lindo es saber que todavía la mente de ambos funciona como una sola y sin embargo, uno no deja de sorprenderse y estremecerse con cada imagen susurrada al oido. Que lindo es calentar.
"Siempre pasa lo mismo cuando nos besamos, entramos en una burbuja en la que somos tan nosotros -o nuestros personajes- que nada más tiene sentido salvo el roce de las pieles"
plagio!!! =P
es lo de la capsula calorica q te conté. y es genial
besos
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